Marcela se encuentra sentada sobre el pasto de la montaña, frente a ella están las cometas que serán elevadas para exigir el cese de la violencia que sufre su comunidad. Las cometas las fabricaron con plásticos de colores, telas y algunos palos que fueron recogiendo de la montaña. “No quiero una casa en el aire” dice una de las cometas que Marcela sostiene entre sus manos mientras terminan de pintarlas y tejer la pita que permitirá que vuelen sobre el viento. Mientras se encuentra sentada sobre la tierra, solo observa. A su alrededor corretean algunos niños con entusiasmo, son los primeros en elevar una cometa, todos contribuyeron en su elaboración. En ese momento, cerca de la una de la tarde, el cielo se encuentra nublado y el viento de agosto sacude con fuerza las cometas que se van levantando del suelo. Marcela es una mujer joven, de piel morena y ojos claros, su mirada se oscurece un poco al empezar a narrar su historia, la memoria parece ser algo difícil de recordar. 

Fotografía por Lina Paola Gasca Martín

Marcela

Mi nombre es Marcela Romero, soy una de las personas que fue víctima de los desalojos ilegales que ocurrieron acá. Tengo dos hijos, y por el momento solo estoy viviendo con uno de ellos, tiene dos años y su nombre es Ángel. Llevamos seis meses viviendo aquí. Seguimos en pie de lucha en uno de los albergues que se encuentra detrás de la marranera, allí habitamos alrededor de quince familias aproximadamente. Al principio cuando llegamos la situación estaba bien, ya teníamos nuestro rancho con mi familia. Pero, el 2 de mayo, llegaron y nos desalojaron de la peor manera. Siento que ese fue uno de los meses más difíciles que pudimos tener. Después de eso nos reunimos junto con la comunidad y empezamos a construir nuestros albergues, allí me he podido sentir bien, puesto que ya no somos unos desconocidos, somos una familia y nos cuidamos entre todos. 

Antes de llegar aquí yo vivía en Sierra Morena, allí trabajaba en ventas ambulantes. Mi suegra llegó antes que nosotros y construyó su ranchito. Ella conocía nuestra situación y nos dijo que viniéramos, así fue que llegamos. En ese momento, empezamos a construir con lo que pudimos y ahí duramos viviendo tres meses antes del desalojo. Desde que empezó la pandemia no he podido volver a trabajar, porque no tengo alguien que pueda cuidar a mi hijo y soy consciente de que aunque ya no esté la cuarentena, el virus sigue presente, por eso tengo miedo de que mi hijo se muera si me voy a trabajar. 

Fotografía por Lina Paola Gasca Martín

Hasta el momento no he recibido ningún apoyo por parte de la Alcaldía u otras organizaciones del Estado, pero sí por medio de Escudos Azules y del Congreso de los Pueblos. Ellos son personas que nos han ayudado mucho, y muchas veces no desde el dinero, sino desde su labor comunitaria. Los integrantes de Escudos Azules llevan acompañándonos desde que empezaron los desalojos; nos han apoyado con algunos mercados, o cuando alguno de nuestros familiares se enferma. Pero también los hemos acompañado en las marchas, porque creemos que debemos exigir nuestros derechos.  

Ellos son personas iguales a nosotros y aunque tal vez no tengan los ingresos para apoyarnos en algo económico, trabajan por conseguir las ayudas para nuestra comunidad y también para Ciudadela en donde se está viviendo la misma situación. Junto a ellos se ha fortalecido el tejido de nuestra comunidad haciendo distintas labores sociales como este acto de las cometas, que son cosas importantes para nosotros. También estamos empezando a construir una escuela popular, que vamos a empezar desde abajo, pero sé que con el apoyo y la fuerza de todos lo vamos a lograr. Para esa escuela, tenemos pensado construir un ranchito grande y pedir algunas ayudas a las instituciones para que nos apoyen con cuadernos o si alguna persona quiere venir y apoyar con algún taller para los niños, lo pueden hacer. Todo sea porque cada día nuestros hijos sean mejores personas y que no tengan que pasar por lo mismo que nosotros. 

Fotografías por Lina Paola Gasca Martín

Una líder

Desde la comunidad, también hemos empezado a apropiarnos de nuestro territorio, a cuidar la montaña en la que vivimos. Hemos hecho algunas actividades para poder limpiarla, y también estamos pintando un mural que pronto vamos a terminar, algunos días hacemos ollas comunitarias para cocinar y compartir entre todos. De esta manera, es que hemos podido fortalecer la integración de la comunidad porque ahora todos tenemos la misma razón para continuar luchando y resistiendo en contra de la violencia. En este caso, yo soy la vocera de uno de los albergues y sé que mi lucha no es por mí, sino por todos. Porque al igual que yo, hay muchas mujeres que lo necesitan. En este momento estamos recibiendo clases de derechos humanos, y eso nos ha permitido conocer cómo debemos exigir nuestros derechos y no permitir que nos sigan vulnerando como lo han hecho hasta el momento. Sé que aquí hay muchas personas con muchos sueños y talentos, que no han tenido la oportunidad de hacerlo, pero como digo ya no somos solo uno, somos todos. 

Fotografía por Ronald Ernesto Cano Gutiérrez

Hoy  vamos a elevar estas cometas, porque como dice una de ellas, nosotros no queremos una casa en el aire, queremos una casa digna donde podamos crecer con nuestros hijos. También queremos elevarla por nuestros muertos, porque aún estamos aquí resistiendo. 

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La historia de Carmen y María Eugenia

Fotografía por Lina Paola Gasca Martín

Al subir por uno de los albergues de la comunidad, al caminar entre un sendero  pedregoso sobre las laderas escarpadas de la montaña, se encuentra un pequeño refugio construido con tejas de aluminio, palos de madera, cartones, plásticos y cobijas para protegerse del frío de la ciudad. Alrededor hay otros resguardos para cocinar los alimentos, algunas mesas elaboradas con palos que han sido recogidos de la montaña, sobre ella se ven algunos platos y vasos de losa. En este lugar vive la señora Carmen junto con su cuñada Maria Eugenia, quienes se encuentran barriendo y limpiando el territorio en el que habitan. En este momento, la tarde empieza a oscurecerse, el cielo parece teñirse de gris y el frío empieza a subir por la montaña, desde allí es posible ver toda la ciudad. Una ciudad que aunque parezca cercana desde lo alto, se ha olvidado de mirar hacia arriba y acoger a quienes los ven día tras día. Carmen y María Eugenia viven allí desde hace algunos meses, juntas se han apoyado y han resistido a las distintas violencias que enfrenta la realidad del país. 

Maria Eugenia

Mi nombre es María Eugenia y soy desplazada de Tumaco, Nariño. Tengo trece años de vivir acá en Bogotá. Aún no he recibido ninguna respuesta por parte del Estado sobre alguna vivienda o indemnización. Quisiera que el Estado se acordara de uno como desplazado, porque tuvimos que dejar todo en nuestra tierra y al llegar aquí he tenido que luchar para poder conseguir una vivienda digna. En Tumaco tenía mi casa y aquí no tengo dónde vivir. Entonces, solo me pregunto por qué el Estado no ha querido reconocer nuestros derechos. Nosotros los desplazados somos invisibles ante la sociedad, es como si no existiéramos. Si no fuera por el conflicto armado, yo no me hubiera ido de mi tierra. Allá tengo a mi familia y tuve que dejarlo todo para venir acá. Pueden pasar muchos años para que el Estado nos reconozca nuestra vivienda. Por lo menos, cuando yo vivía en Tumaco yo tenía mi buena finca y tuve que dejarlo todo botado. El Estado nunca le paga a uno todo lo que perdimos en medio del conflicto, jamás nos han dado nada. 

Carmen

Mi nombre es Carmen y vivimos aquí desde hace algunos meses. Hasta el momento, no hemos recibido ningún apoyo de ninguna organización, acá solamente nos ayudamos entre nosotros. Lo que hemos hecho aquí ha sido un proceso de resistencia junto con la comunidad, porque no tenemos dónde llegar, no tenemos una casa. Cuando comenzó la pandemia, no pudimos seguir pagando los arriendos de donde vivíamos antes y nos sacaron. Por esta razón, nos tocó venir aquí, no porque quisimos, porque el Estado nunca nos ha tenido en cuenta. Lo único que queremos es que el Estado se acuerde que también somos personas y que necesitamos una vivienda digna para nuestros hijos. Estamos cansados de estar aquí y allá sin saber qué va a pasar con nosotros y más ahora en medio de esta pandemia en la que no podemos trabajar. 

Fotografías por Ronald Ernesto Cano Gutiérrez

Nosotras ya hemos dejado de contar con el Estado, porque nunca nos han reconocido, y las ayudas humanitarias nunca nos han llegado. Ellos no se dan cuenta que cuando la guerrilla y los paramilitares llegaron a nuestras tierras, simplemente nos sacaron con violencia, porque uno no se une a ellos y querían reclutar a nuestros hijos a la fuerza. Lo que yo siempre he dicho es que yo no vine a padecer el dolor de parir, para que vengan y se lleven a mis hijos. Así que por ellos sigo aquí luchando con esfuerzo y sacrificio, resistiendo para evitar que nos sigan violentando más. 

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En medio de este conflicto, he conocido muchas compañeras que han sufrido mucho la pérdida de sus hijos y familiares, la mayoría han quedado impunes porque el Estado no los ha reconocido. Entonces cómo es posible que el Estado viendo la manera en que el conflicto armado ha afectado a los campesinos de este país no sea capaz de reconocer una vivienda digna para familias como nosotros, por qué no nos devuelven las tierras para que podamos cosechar y sembrar. Yo soy del campo, y yo sé que aquí en Bogotá yo no puedo sembrar un ladrillo. Lo que nosotras dejamos allá en nuestras tierras, quién nos lo va a devolver. 

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La situación de Altos de la Estancia 

Era un domingo 30 de agosto, sobre una tierra conocida como Altos de la Estancia. Un territorio que reside en lo alto de la montaña, ubicado en la localidad de Ciudad Bolívar. Bogotá es una ciudad fríamente fragmentada y dividida, que al ser atravesada es como si las paredes pudiesen hablar por sí mismas, y los graffitis elevaran un grito de resistencia frente a la violencia. Al llegar a este barrio, se encuentra un mural que dice: Un pueblo en resistencia. 

En mayo de 2020 en medio de uno de los desalojos realizados por la alcaldía, Ysmail Pinto fue herido de gravedad por un proyectil de gas lacrimógeno lanzado por el Escuadrón Móvil Antidisturbios. Esto implicó ser operado varias veces debido a la gravedad de su lesión en el cráneo. No ha recibido ningún apoyo del estado y su recuperación ha sido lograda gracias a la ayuda de distintas personas. Fotografía por Lina Paola Gasca Martín

Desde inicios de la pandemia, la comunidad de Altos de la Estancia ha sido constantemente violentada y desalojada de este territorio. Los argumentos de la Alcaldía es que este es un terreno que está destinado a la construcción de un parque, y que además presenta unos riesgos geológicos que lo hacen inseguro para las personas que habitan allí. Sin embargo, para los habitantes de la comunidad resulta incomprensible que se presenten este tipo de desalojos en medio de una pandemia en la que no existen garantías para exigir su derecho a una vivienda en condiciones dignas. Además, de acuerdo a los testimonios de los habitantes, los desalojos que se han presentado hasta el momento han vulnerado los derechos humanos de la comunidad, y denuncian que se ha hecho un uso excesivo de violencia por parte de la fuerza pública. 

No quiero una casa en el aire 

Una cometa se eleva sobre la ciudad, el cielo se encuentra nublado, las nubes se han tiznado de un color grisáceo y a lo lejos se observan las montañas azules que resguardan la sabana de Bogotá. Los niños corren por la montaña, la comunidad se ha hecho cada vez más fuerte, ahora son una familia. La montaña los ha acogido, sobre un terreno rocoso y áspero ha crecido un árbol fuerte cuyas ramas se extienden hacia las nubes. Con una llanta vieja y un par de cuerdas han amarrado un columpio sobre el tronco del árbol en el que se deslizan por turnos. Es el árbol más alto y fuerte que rodea la montaña y sobre él crecen los sueños de una comunidad que sigue resistiendo. Sobre el parque, los niños corren, esperan que el viento sea lo suficientemente fuerte para elevar las cometas que han elaborado con palos y plásticos. Cada una de esas cometas contiene un sueño, una forma de luchar a través del arte, una manera de exigir: No más violencia. 

Fotografía por Ronald Ernesto Cano Gutiérrez

Aquí se encuentran los integrantes de Escudos Azules, quienes han trabajado con la comunidad desde que comenzaron los desalojos para hacer un proceso de organización social a través de la cultura, la educación popular y el arte. Junto a ellos, los habitantes de la comunidad han aprendido que es posible apropiarse de sus derechos para exigir una vida digna y justa a través de otras formas de lucha, más allá de la violencia en la que hemos crecido como sociedad. 

—Nosotros creemos que la lucha no solo es en las calles, sino también en los procesos barriales. Dice Coco, integrante de Escudos Azules, mientras narra el trabajo que han hecho con la comunidad. 

Cerca de la una de la tarde, Coco se encuentra arreglando las últimas cometas para poder empezar a volarlas. Mientras tanto, recuerda cómo fue que llegaron junto con su equipo hace alrededor de unos meses, cuando se dieron cuenta de los desalojos violentos que estaban pasando en el territorio en medio de la pandemia. 

— Algo que me inspira mucho es esto, el proceso barrial, porque desde aquí es que realmente empieza el cambio. Muchas personas piensan que la calle es su única oportunidad, pero nosotros queremos mostrarles que hay otras posibilidades. Aquí hay personas que son muy talentosas y artísticas, gente muy pila, solo que la vida ha sido muy dura con ellos. Además el Estado también los ha dejado a un lado y no los han tenido en cuenta. 

Los integrantes de Escudos Azules viven bajo el lema de “Solo el pueblo salva al pueblo”, así que su trabajo desde allí, con la comunidad, ha sido el fortalecimiento del tejido social a través de la lucha por los derechos humanos, la apropiación del territorio y el sentido de pertenencia. Comprender que lo que hace falta en la sociedad es desarrollar la empatía, trabajar en comunidad, reconocer que todos luchamos por una misma causa, que desde una educación popular y pequeñas acciones es posible empezar a trabajar en la transformación de una realidad distinta en la que los derechos no sean un privilegio. 

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Se aproxima el final de la tarde, los habitantes se acercan hacia el peñasco de la montaña, desde allí se divisa el horizonte completo de una ciudad que no los ve. Uno de ellos sostiene la cometa, la levanta con sus manos, y con un impulso el viento empieza a elevar un mensaje que dice: Altos de la Estancia, Pueblo en resistencia. Sobre el aire empieza a crecer el sueño de creer en una sociedad sin violencia, en un país que en lugar de asesinar nuestros sueños, reconozca nuestros derechos. 

Texto por: Laura Ruiz 

Fotografías: Lina Gasca & Ronald Cano

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