Mujeres libres, salvajes, rebeldes, autónomas, y conectadas a su fuerza natural; han luchado contra una historia de persecución que ha intentado colonizar sus cuerpos. En un lugar donde las llamaron brujas, locas, histéricas, hormonales y débiles; intentando desvirtuar sus saberes y luchas. Desde hace siglos que las mujeres seguimos resistiendo contra una historia de tortura, violencia, estigmatización, señalamiento, humillación, censura e imposición sobre nuestros cuerpos; y aún así cada día crece con fuerza un círculo de mujeres que renace de las cenizas, y decide seguir luchando por una causa que nos pertenece a todas. Una lucha que le pertenece tanto a las mujeres indígenas, campesinas y afro, como a la mujer trans, a las niñas, y a la adulta mayor; todas hacemos parte de esta lucha colectiva que exige que se detenga la violencia sobre nuestros cuerpos, decisiones, saberes, pensamientos, historias, sentires, ideas y luchas. 

Hace algunos siglos, se perpetuó una de las masacres más grandes en la historia contra las mujeres conocido como la cacería de las brujas, en donde más de 100.000 mujeres fueron asesinadas, torturadas, estigmatizadas y condenadas a la hoguera. Estas mujeres eran en realidad sabias conocedoras de las plantas y la medicina ancestral, los ciclos naturales de la tierra, las cosechas, la astrología y la reproducción; eran parteras y curanderas quienes conocían sobre el cuerpo y la naturaleza.  Sin embargo, algunas escritoras feministas como Silvia Federici describen la caza de brujas como el momento en que se impuso el capitalismo y la distribución desigual del trabajo, en donde se confinó a las mujeres al trabajo reproductivo y al espacio privado. 

Hierbas abortivas 

De acuerdo a la investigación de la escritora Marina do Pico, cerca del año 1699, la ilustradora y naturalista alemana María Sybilla Merian fue una de las primeras mujeres que  emprendió una expedición científica independiente para poder documentar nuevas especies de plantas e insectos. En el libro que surgió de aquella expedición quedó el registro de cómo muchas esclavas africanas e indias utilizaban algunas semillas, conocidas como flos pavonis, como abortivas. En ese momento, las mujeres que habían sido maltratadas por sus amos holandeses, decidían utilizar estas plantas abortivas para poder liberar a su descendencia, y así, evitar que se convirtieran en esclavas como lo habían sido ellas. Fue así como a través de este acto de resistencia, las esclavas de Guinea y Angola se rehusaron a tener hijos. Este relato nos permite comprender que las mujeres han tomado la decisión de abortar desde hace muchos siglos atrás y que el deseo de libertad reproductiva  no se trata de un discurso moderno; sino que desde siempre las mujeres hemos luchado por nuestro derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. Lo que ha ocurrido recientemente es que se ha impuesta otra manera de persecución contra las mujeres; se trata de la criminalización y estigmatización contra el aborto, producto de unos antecendentes históricos que intentaron condenar la libertad de reproducción de las mujeres al ser vistos como una amenaza para un proyecto de expansión capitalista en Europa.  

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La historia de los abortivos

Hace muchos años, las mujeres tenían múltiples conocimientos y prácticas tradicionales que les servían como métodos anticonceptivos y eran transmitidos de generación en generación. Muchos de estos métodos consistían en la combinación de ciertas hierbas, y algunos son tan antiguos que datan del 500 a.C., todo esto forma parte de una cultura de medicina ancestral que fue mantenida por las mujeres durante miles de años. En la cultura popular germana, se formaba una infusión con orégano, tomillo, perejil y lavanda, mientras que en Persia se utilizaba la canela, el alhelí y la ruda. 

Además de estos conocimientos herbales, se realizaban algunas prácticas con ayuda de las curanderas y las parteras de los pueblos, quienes eran conocidas como «mujeres sabias». Sin embargo, a comienzos de la modernidad, las mujeres perdieron autonomía y poder de decisión sobre estos saberes, al ser excluidas de la revolución científica y médica por no tener las mismas oportunidades para adquirir un título universitario. Desde entonces, la Iglesia católica también reforzó ese estigma contra las mujeres, al decir que si una mujer se atrevía a curar sin estudiar se trataba de una bruja. Fue así como la cacería de las brujas quebró una tradición milenaria de saberes medicinales ancestrales y, así mismo, les negó a las mujeres la posibilidad de decidir sobre su cuerpo y reproducción.  

Sin embargo, para las comunidades mesoamericanas no existía el concepto de pecado o tabú frente al tema del aborto, puesto que el uso de las plantas abortivas se veía como una forma de garantizar el equilibrio espiritual, la armonía con la tierra y la salud de la familia; de hecho, esta planta era recolectada por una mujer mayor en un lugar sagrado. Fue cuando se instauró el colonialismo, que la Iglesia empezó a atacar y perseguir este tipo de saberes ancestrales, y se extendió la cacería de “brujas” en el continente americano. 

De esta manera, se fue imponiendo un discurso discriminatorio, represivo y estigmatizante contra el cuerpo de las mujeres, y aunque el aborto nunca estuvo ausente, ahora se realizaba desde la clandestinidad; lo que causó que muchas mujeres abortaran con miedo, sintiéndose solas, avergonzadas y de manera insegura, poniendo en peligro sus vidas. Hoy en día, existen muchos países en los que el aborto es considerado un delito o es severamente restringido, y de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud se estima que cada año se presentan 25 millones de abortos sin condiciones de seguridad, casi todos ellos en países en desarrollo, que producen cerca de 47.000 muertes. En la actualidad, debido a la pobreza, la discriminación, la violencia de género, la escacez de recursos y otros factores sociales muchas mujeres no pueden ejercer control total sobre su salud reproductiva. 

La lucha por el derecho a decidir 

Desde hace tiempo que las mujeres luchamos para defender el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, y detener la estigmatización y señalamiento que existe en torno al aborto; porque somos seres sintientes con deseos, frutraciones, miedos, sueños y anhelos, pero sobre todo tenemos voz y derecho sobre nuestro cuerpo. La criminalización del aborto es una forma de deshumanización y violencia contra la mujer, porque es una forma de reprimir nuestro derecho de decisión, y se asume que nuestro cuerpo “no nos pertenece”, y que otros pueden decidir sobre él.

En Colombia existe una tensión entre el derecho al aborto y el delito impuesto por el Código Penal que puede tener  muchas desventajas en las comunidades más vulnerables; ya que genera barreras de desigualdad, desinformación y produce serias consecuencias en la salud física, mental y emocional de las mujeres al no tener las condiciones dignas, la información confiable y segura; que le permitan tener acceso a una salud reproductiva. 

Por esta razón, existen muchas campañas y colectivas que juntan sus esfuerzos para buscar que se respete la libertad de elección, y el derecho a vivir una sexualidad plena sin ser juzgadas ni penalizadas por ello. Así mismo, se busca eliminar este delito del Código Penal y exigir la necesidad de legalizar el aborto para todas, extender una educación sexual de calidad, y ampliar las vías de acceso, recursos e  información para todas las regiones del país. 

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Laura Ruiz

Laura Ruiz

Comunicadora social y periodista. Siento la fuerza que reverdece por cada fibra de mi piel en busca de una sociedad más justa. Creo en el poder transformador de la música, el arte y las palabras.

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