El chocolate, la bebida de la reconciliación

Entonces recordé que hay instantes de calma y reconciliación donde el tiempo se aligera, no parecen ser necesarias las palabras cuando nos sentamos a compartir un momento junto a esta bebida ancestral. Al caer el atardecer, el frío citadino se asoma por las ventanas de los hogares bogotanos mientras un olor cálido se extiende por toda la casa con cariño y se escucha el sonido del molinillo de madera frotando con las manos esa suave espuma. 

El chocolate caliente puede producir un aire de serenidad, ternura y paz interior. Pero además puede acompañarnos en los momentos de incertidumbre, reconfortar las heridas del alma y conectarnos con un momento íntimo. Algunas veces, solo hace falta compartir un momento de quietud que desvanezca el abismo que nos separa; compartir una taza de chocolate es un pequeño y profundo ritual que nos permite sanar, reconciliar y abrazarnos. 

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—El chocolate es una experiencia familiar—cuenta Daneisi mientras nos relata cómo la tradición en su casa viene desde su abuelita, quien desde hace muchos años cocina el chocolate en una olleta especial con la creencia de que solo allí se pueden fusionar esa mezcla de olores y sabores ancestrales que esparcen calidez en el hogar. Al recordar nos narra cómo también acostumbran tomar esta bebida acompañada con un poco de queso, tostada o un pedazo de pan; mientras comparten un instante de ternura e historias entre mujeres. 

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  •     El chocolate: tradición, memoria y reconciliación

El olor del chocolate nos trae la memoria de un momento de reconciliación con nuestro interior, con la tierra y con los seres que nos rodean. La suavidad de su espuma es como abrazar un recuerdo, liberar las amarguras, conectar con el presente y sanar las heridas del pasado.

En la época prehispánica, diversas culturas mesoamericanas le concedían un papel espiritual a la espuma que producían distintos alimentos; es por eso que la presencia de esta en el chocolate caliente era tan importante para lograr esa conexión sagrada con esta bebida, esa textura espumosa se lograba a través de la utilización del molinillo. Durante muchos años el chocolate fue considerada la bebida de los dioses. 

—El chocolatito no puede faltar en las mañanas—dice Sebastián mientras con un tono alegre y nostálgico recuerda cómo en su infancia sus padres lo recibían cada noche después de llegar del colegio con una taza de chocolate caliente con queso para aligerar el frío bogotano. 

El cacao, la semilla sagrada 

Hace muchos años, según cuenta la leyenda Azteca, existía un dios llamado Quetzalcóatl cuyo nombre proviene del idioma náhuatl y quiere decir “la serpiente emplumada”. De acuerdo a la tradición, Quetzalcoált es la representación de la vida, el viento y el aprendizaje. Un día, bajo el cielo luminoso y despejado, este ser poderoso descendió hacia la tierra para poder transmitir y compartir la sabiduría a los humanos y obsequiarles una ofrenda divina, la semilla del cacao.

Esa planta sagrada serviría para crear una bebida espesa y amarga conocida como chocolatl; cuyas propiedades eran tan poderosas que en un principio quedarían reservadas exclusivamente para el emperador del imperio, los nobles y los guerreros. Sin embargo, este acto de valentía hizo que los otros dioses se enfurecieran al ofrecerle a los hombres la semilla divina del cacao; por lo que pronto se vengarían de él desterrándolo de sus tierras.

En ese momento, Quetzalcóatl fue expulsado del territorio por los dioses al ser considerado traidor; pero antes de irse prometió que regresaría justo por el lugar dónde se oculta el sol, muchos años después ocurriría la llegada de Hernán Cortés a América. Se cuenta que cuando los forasteros arribaron al territorio fueron recibidos con ofrendas sagradas como el Tchocolat. En muchas de las cartas que Cortés escribió a Carlos V, se describiría dicho brebaje como una extraordinaria fuente de energía, afirmando que tan solo una taza de esta bebida indígena podría proporcionar las fuerzas necesarias para mantener a un soldado en un día demoledor.  

El proceso para conseguir el elixir del chocolate consistía en: tostar el fruto; molerlo; agregar un poco de agua a la masa; calentar la mezcla; retirar la manteca de cacao y luego de esto mezclar la harina de maíz hasta condensarlo. Tras este procedimiento, los españoles adoptaron la costumbre de tomar esta bebida con una pizca de azúcar o miel silvestre para darle un sabor más dulce, también solían aromatizarla con vainilla y canela.

En ese entonces,  el chocolate era considerado como una medicina que podía regenerar la energía e incluso aportar propiedades afrodisíacas. También se cuenta que Moctezuma, el líder Azteca, consumía cerca de 160 millones de semillas de cacao al año, mientras preparaba 50 tazas de chocolate para consumir. 

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El consumo del cacao se extendió por Europa cuando Cortés llevó hacia España un cargamento de semillas, recetas y utensilios para la preparación del chocolate cerca del año 1528. Durante muchos años, el acceso al cacao permaneció reservado a los españoles y a las clases sociales dominantes en la época, hasta que el contrabando, los intercambios con los conventos y las visitas a la corte permitieron que poco a poco se fueran expandiendo las plantaciones. Según se cuenta, las capturas de las naves que regresaban de México lograron que el cacao llegará a otros países y se expandiera no solo por Europa sino por América y otras colonias en el mundo. 

Los vestigios de la tradición del chocolate en Colombia tuvo sus inicios en 1800, considerado como una exquisitez para las clases altas. Fue en el siglo XIX cuando se empezó a cultivar e industrializar la producción del chocolate alrededor del país y se volvería una tradición que haría parte de nuestra cultura desde los campesinos, trabajadores, indígenas y toda la comunidad. 

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Laura Ruiz

Comunicadora social y periodista. Siento la fuerza que reverdece por cada fibra de mi piel en busca de una sociedad más justa. Creo en el poder transformador de la música, el arte y las palabras.