Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis decidieron colocar en las entradas de sus campos de concentracción, un letrero que decía «Arbeit Mach Frei» cuya tradución sería «el trabajo los hace libres». Era toda una ironía, porque aunque trabajaban hasta desfallecer; jamás el trabajo garantizó su libertad. En Colombia, la idea del esfuerzo y el trabajo como motor del éxito se ha vendido generación tras generación. Una mentira que ha servido, para que con el sudor de las frentes de muchos colombianos sean unos pocos los que realmente amasen grandes fortunas.

Si alguien entrevista a algún colombiano de a pie, y le pregunta sobre el trabajo, este le hablará sobre las bondades del mismo. Sobre la necesidad de tener un trabajo y de como todo se debe obtener por el propio esfuerzo y mérito. Incluso algunos grafittis en la calle 53 de Bogotá tienen mensajes que dicen «el trabajo dignifica». Parte de la xenofobia hacia los venezolanos, es con comentarios en donde afirman que a ellos no les gusta trabajar, que en el país de ellos todo lo dan regalado y que ahora pretenden que aquí también les regalen todo. Los regionalismos en torno a esto también abundan. El saber popular dirá que a los costeños no les gusta el trabajo, mientras que los paisas son «echaos pa’lante» y trabajan de «sol a sol», como diría un ex presidente por ahí.

Es así como se construyó una sociedad donde el SENA adiestra a las personas para trabajar (y en especial a obedecer), a decirle «doctor» al patrón y claro, a agradecerle a ese patrón por haberle hecho el favor de darle el «trabajito». Con toda esta cultura «pro trabajo» y «pro esfuerzo», se vendió una idea que en parte es lo que mantiene a las mismas contadas familias en el poder y la misma desigualdad rampante que aumenta cada vez más.

Está tan incrustada la idea, que la conciencia de clase solo existe en las clases altas, y en las otras clases es casi inexistente o está mediada por una competencia malsana entre pares. Es así como se idealiza el dichoso «esfuerzo» y el «ganarse» las cosas. Mientras que en el otro lado del espectro, unas pocas familias de clases altas hacen y deshacen gracias a su herencia, y el esfuerzo no existe. Hijos de políticos acceden a subsidios soterradamente o se apropian de tierras para venderlas con precios inflados, sin sonrojarse y sin esforzarse para nada. Aunque luego sean considerados grandes empresarios hechos «a pulso».

Mientras unos salen a trabajar más de la jornada legal para recibir unos pocos pesos, otros se burlan de esto o recriminan a esa misma clase trabajadora cuando decide protestar. En 2019, se popularizaba el «yo no paro, yo produzco», así se vilipendiaba un justo reclamo de derechos en el marco de no estar «dignificándose» con el trabajo. Medios salían a hablar de cifras de colombianos afectados porque no podían llegar a trabajar por los bloqueos, pero no hablaban de aquellos colombianos que quizás esa noche se irían a dormir con el estómago vacío por el abandono estatal contra el cual se protestaba.

Ahora que llegó la pandemia, apareció un dilema en el que se esperaría el sentido común del gobierno. Y más cuando este mismo ha sido cómplice del crecimiento desmesurado de la pobreza y la informalidad. Los grupos humanos marcados por estos dos fenómenos, fueron presa fácil del hambre con la cuarentena. El dilema, entre economía y salud, evidentemente se empiezo a decantar hacia la opción más obvia para los mismos señores feudales que han regido ha Colombia por décadas: La economía.

Luego de repartir un miserable subsidio, unos cuantos mercados y permitir cientos de miles de despidos; la solución mágica es sacar a la clase obrera a la calle porque los bolsillos de aquellos que obtuvieron todo con «esfuerzo» ya se están vaciando.

Pero aún no se reactiva toda la economía, y el virus no está ni cerca de llegar a su pico de contagios. Así que nuevos sectores salen a las calles a morir, cual gladiadores en el coliseo podrían decir «morituri te salutant» (los que vamos a morir te saludamos) atiborrando los sistemas de transporte masivo por estos días. La decisión entonces fue aderezada con una «generosa» dádiva del gobierno que asume el 40% de los salarios de las nóminas de algunas empresas.

Muchos sectores se levantaron porque pareciese que la asistencia social se reparte a dedo. También porque se están robando los dineros de la asistencia social. Al final parece que simplemente es la ciudadanía y la empresa privada las que suplen el mediocre rol del estado en el ya conocido: «Solo el pueblo salva al pueblo». Igual algunos medios dirán que ese estado «saca de su bolsillo» para ayudar, solo para vendernos la idea que los impuestos no son nuestros y que el gobierno es su infinita benevolencia decidió ser generoso con los hambrientos.

Aún así son muchos los colombianos que aún no pueden trabajar, por tanto no pueden salir a «esforzarse» para construir un futuro a punta de su sudor. Y como un estado de estos, no puede pretender «mantener» a personas «vagas». Porque no hay nada que más le duela a este gobierno que mantener personas pobres, porque …ricos, puede mantener todos los que quiera.

Por tal razón sale la vicepresidenta por un lado a decir, que los ciudadanos no se pueden «atener» al estado. Y otro político del partido de gobierno afirma además, que todos debemos ser responsables por nosotros mismos, y que debemos salir a trabajar para poder subsistir, ya que no es «sano» ni sostenible mantener a nadie. Todo eso en contraste con gastos suntuosos en vuelos privados, camionetas blindadas, campañas publicitarias y un absurdo gasto en herramientas de represión. Entonces para el partido de gobierno, el estado solo es el medio para que ellos sigan enriqueciéndose, tal parece que aquello del estado social de derecho no es más sino un mero corolario que ojalá pudieran borrar.

Al final el líder de ese partido decía que había que «trabajar, trabajar y trabajar» y que a Colombia «la mataba la pereza». Ahora claramente sus seguidores abrazan el valor del trabajo, de otros, pero al fin y al cabo trabajo. La economía se debe reactivar, así sea a costa de ciertos sacrificios como diría Trump. Como toda batalla la darán los pobres, porque al final, los muertos los pone el pueblo como diría alguna canción de Ska-p.

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Ronald Ernesto Cano Gutiérrez

Ronald Ernesto Cano Gutiérrez

Cucuteño, desarrollador de software, activista, ciclista, cinéfilo y fotógrafo de calles, paisajes y luchas.