Era un domingo tranquilo en el barrio El Cortijo ubicado en la localidad de Engativá, sector que se encuentra rodeado por el humedal Tibabuyes, un lugar sagrado para el pueblo Muisca. Hace algunos años, la comunidad se organizó para protestar en contra de la contaminación y distintas obras que tendrían un fuerte impacto ambiental sobre el humedal Tibabuyes. Por esta razón, algunos jóvenes que habitaban el barrio empezaron a organizarse para buscar soluciones y alternativas para hacer escuchar sus voces y defender su territorio. Fue así como nació la idea de empezar a cultivar una huerta urbana para poder reconocer su territorio, y crear una conciencia colectiva sobre el espacio y el medio ambiente. La huerta Tibaguya es la representación de la fuerza y la unidad colectiva, son las manos de una comunidad que siembra una lucha social, es el reencuentro con las raíces y la reconciliación con la tierra. 

Cerca de las diez de la mañana, las calles se inundaron repentinamente de personas que salían a montar bicicleta, patinar o simplemente pasear en familia. El aire se sentía fresco y se escuchaba el sonido de los pájaros trinando entre los árboles. Frente a la huerta se encuentra ubicado un canal de agua por donde baja la corriente del humedal y en el contorno se encuentra una hilera de árboles que resguardan el espacio; de repente, una mujer se asoma entre las plantas y toma una de las tantas gulupas color verde que cuelgan de la enredadera de la huerta, sonríe y dice que cada mañana le gusta acercarse y tomar una verdura fresca para preparar su comida. 

Conciencia social y alternativas sostenibles 

La huerta se construyó sobre un campo baldío, y sobre este se empezó a sembrar vida sobre la tierra. Las manos de la comunidad empezaron a tejer historias, cultivar relaciones, mientras se conectaban en un encuentro natural. A pesar de la distinción de pensamientos o ideas, había algo que podía hacer que todos se unieran en una sola causa, en una misma lucha; todos habían crecido sobre el mismo territorio, y ahora cuidaban del lugar que los había visto crecer. Sembrar la tierra, era una razón para reunirse, conocerse, escucharse y reconocer al otro; volver a un estado natural, donde no hay barreras que los separen, más que motivos para apoyarse. 

Tibaguya es un espacio rodeado de plantas aromáticas y medicinales, frutas silvestres, y verduras del campo. Desde papa criolla, maíz, remolacha, pepinos, yacón y otras hortalizas; hasta, tabaco, marihuana, caléndula y manzanilla se ha sembrado en esta huerta abierta. Las plantas se encuentran separadas por letreros coloridos de madera que señalan el cultivo de cada terreno, pero también se observa cómo se han construido artesanías a partir de productos reciclados que llenan de arte y color la esencia de la huerta. “Cultivar tus propios alimentos es la actividad más revolucionaria” expresa uno de los carteles pintados, posado sobre la hierba verde, rodeada de plantas de cebolla. 

Desde entonces, se empezó a pensar que el sistema extractivo en el que se había consolidado la sociedad no daría abasto para dejar un lugar sostenible para futuras generaciones. A partir de ahí, jóvenes de la comunidad empezaron a ser conscientes de los residuos y desechos que se generaban a diario y que, posiblemente, terminarían en el botadero de Doña Juana, para que la tierra se tragara los gases tóxicos que acumulan las toneladas de basura que llegan de la ciudad. 

Por esta razón, se pensó en buscar una alternativa sostenible para reutilizar los desechos orgánicos; para ello se creó una compostera. Este es un cubo grande de madera en el que se depositan solo residuos orgánicos, los cuales, por su proceso natural y después de un tiempo determinado (un par de meses) permite obtener el compost, un abono rico en nutrientes que se usa para enriquecer la tierra y mejorar los procesos de siembra de manera natural y sin químicos agregados.

Compostera de la comunidad ubicada en la Huerta Tibaguya

Sobre el pasto se ha construido este contenedor de madera en el que se rebosan los desechos orgánicos, cáscaras de frutas, verduras y huevos. “No meter bolsas, aquí no se reciben huesos” dice el letrero en uno de los contenedores, mientras en la parte de abajo se encuentra una abertura por donde sale la tierra abonada. A su lado, hay dos letreros pintados que indican las instrucciones para que los habitantes puedan llevar sus residuos y sepan de qué manera distribuirlos. 

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La resistencia de la comunidad 

Rondaban las 11 de la mañana cuando de pronto, un joven de piel morena que camina tomado de la mano con una niña pequeña se acerca a los cultivos de plantas medicinales; el joven se agacha para enseñarle a la pequeña sobre el cuidado de las mismas y le cuenta sus propiedades medicinales. La niña con ojos curiosos, observa con inquietud, mientras camina entre el sendero de la tierra. 

El humedal de tibaguya es la madre de todas las huertas del lugar, aquí fue donde se gestó todo— dice David, mientras la niña se escabulle entre los matorrales y juega en la huerta. La huerta nace debido a la problemática del ambiente y el daño que se estaba generando en el ecosistema y en el humedal. Los chicos se dan cuenta de esto y empieza un proceso de resignificación y cuidado del espacio. 

Huerta Tibaguya

David Triana es uno de los guardianes de la huerta que se encarga de cuidar el espacio, protegerlo y guiar a la comunidad en talleres de integración y pedagogía. —Cuando nos dimos cuenta de eso, empezó una lucha por defender el humedal para exigir que no lo cementaran y le construyeran encima.  Una lucha que aún sigue vigente, porque se hizo un fallo de un juez y una orden donde debía suspenderse las obras y volver a analizarse el impacto ambiental y biológico que generaría construir sobre el humedal con cemento. 

Además de defender y exigir los derechos ambientales del territorio, la creación de la huerta también ha permitido generar un trabajo comunitario, que ha creado un tejido social cada vez más fuerte y consciente de las acciones que pueden afectar tanto al territorio, como a las personas que conviven en el entorno. —Lo que hicimos aquí fue crear un escenario de confrontación directa, para ser capaces de reconocer a las personas que nos rodean. Entender que hablamos de igual a igual, a pesar de que tenemos ideas distintas, pero tener en cuenta de que las opiniones son muchas y diversas, todas igual de respetables. Pero no puedo transgredir la opinión del otro solo porque no la comparto, o no soy igual a él o no pensamos de la misma manera, se trata de un encuentro —Cuenta David, mientras su mirada viaja por la memoria de los recuerdos. 

Mientras la pequeña seguía revoloteando entre la tierra, el joven recuerda que la huerta se empezó a construir hace unos cinco o seis años atrás, y desde allí otros jóvenes de la localidad siguieron los pasos y se animaron a crear su propia huerta. Sin embargo, defender los derechos sociales y ambientales es una labor de resistencia frente a un Estado que no tiene en cuenta la voz de las comunidades y los líderes sociales. Según el testimonio de los habitantes de la comunidad, a finales del 2019 se presentó un enfrentamiento entre el ESMAD y los habitantes del sector, cuando mostraron su inconformidad frente a las obras que estaba planeando el distrito para intervenir el humedal. La comunidad se encontraba en desacuerdo pues se argumentaba que la construcción sobre el humedal tendría un fuerte impacto sobre el ecosistema y podría acabar con las especies que se encontraban allí. 

 —A raíz del enfrentamiento que se presentó a finales del 2019, nace la huerta la resiliencia que es como un grito de resistencia del territorio, de poder unirnos como pueblo y no dejarnos perder como sociedad —narra David con voz fuerte e inconforme frente a la situación—  Nosotros somos una sociedad que ha sido enraizada por muchas culturas, es decir que no tenemos una cultura definida, y esto hace que la gente no tenga un sentido de pertenencia por lo propio, por su territorio, para defenderlo, cuidarlo y protegerlo.  

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Huerta Tierra del Sol: cultivando sociedad

Ya con el radiante sol de medio día de aquel domingo,  en un claro rodeado por conjuntos residenciales, calles y un polideportivo en el que jugaban baloncesto, se podía vislumbrar un grupo de personas que trabajaban la tierra con palas, mientras otras arreglaban las plantas con tijeras de podar y un joven que al ritmo de la canción llanera “Una casa bella”, saltaba encima de un cubo de madera, aplanando capas de compost y pasto seco para hacer una paca biodigestora. Este es el plan dominguero típico de muchas familias y jóvenes del barrio en el que se encuentra la Huerta Tierra del Sol desde hace un año.  

La huerta acaba de cumplir un año, el 17 de septiembre —dice Alejandro, uno de los jóvenes que participa en la huerta— Este es un proyecto que inició un amigo aquí del barrio que se llama Juan Pablo, junto con otro amigo que se llama Sebastián,  ellos son el pilar de lo que empieza a ser Tierra del Sol. Yo me uní al proceso en marzo de este año, soy vecino del barrio y llegué porque hicimos una siembra con un colectivo barrial que se llama «Somos uno», que también están de la mano con la defensa del humedal Tibabuyes; hicimos una siembra, me gustó el espacio y empecé a interesarme mucho en el tema de manejo de residuos orgánicos. Generalmente, en casa no tenemos la cultura de separar los residuos y todo eso mismo se va a Doña Juana y es lo que más contamina tanto las fuentes hídricas, como la calidad de vida de las personas —cuenta Alejandro con los brazos cruzados y su rostro, aunque cubierto por el tapabocas, permite ver en sus ojos la esperanza de muchos jóvenes que como él, trabajan para construir un país en paz—.  Esto se volvió como cuando vas todos los domingos a la iglesia, es el momento sagrado de reunirte con la tierra, con las personas, con la comunidad; de venir y aprender no solo el proceso de separar residuos sino también temas agrícolas. Creemos que por estar en la ciudad no tenemos el derecho o la capacidad de sumarnos a actividades agroecológicas y aunque muchas localidades no cuentan con espacios verdes y tampoco tienen la cercanía a un ecosistema tan importante como el humedal Tibabuyes,  creo que acá en el barrio, al tenerlo, debemos aprovecharlo de la mejor manera: juntarnos para estar realmente en conexión con él.

Habitantes de la comunidad construyendo una paca biodigestora

La participación de la comunidad en la huerta es tan diversa como los alimentos que han sembrado en ella. Algunas personas aportan con sus residuos orgánicos para el compostaje, otras donan materiales para que sean reutilizados en la construcción de espacios en la huerta, varias contribuyen enseñando sus conocimientos para construir un aprendizaje conjunto y desinteresado:  pintura, tejidos, música, dibujo y demás son algunas de las muchas expresiones artísticas que se comparten con los vecinos que frecuentan el lugar. Otras trabajan directamente la tierra: sembrando, cosechando, y limpiando el sitio. Aun así, lo más importante de Tierra del Sol no son los cultivos que están sembrados, pues aunque en tiempos de cosecha significan alimento y felicidad para las personas que la integran, el verdadero objetivo es generar un espacio que permita el encuentro de emociones, pensamientos, esperanzas, anhelos, personas y territorio como mecanismo que permita tejer lazos humanos y así facilitar la construcción conjunta de país desde los pequeños actos.

Espiral Femenina, espacio construido para conectar con los ciclos naturales de las mujeres

Una muestra de esto es la Espiral Femenina, espacio de la huerta que está destinado específicamente para la polaridad femenina, en la que participan principalmente mujeres, pero también hombres, con el objetivo de resignificar la unidad total y de mitigar la carga histórica de violencia impuesta por el machismo. La espiral fue construida por mujeres y las actividades que se practican en este espacio están conectadas con los ciclos lunares. La luna, la mujer y la tierra se vuelven una cuando depositan en ella sus cartas: emociones escritas que liberan; o los remanentes que el tiempo despoja de sus cuerpos: cabello, periodo menstrual y uñas. Esta espiral se transforma en un espacio solemne que libera la feminidad de las cadenas personales y sociales, llevándola a un estado espiritual en el cual es posible construir una nueva realidad.

Sembrar plantas para cosechar paz

Pese a todo el trabajo comunitario que se ha hecho para permitir la existencia de la huerta Tierra del Sol, las dificultades y la realidad a veces hacen titubear las esperanzas y posibilidades de un futuro mejor, pero finalmente la resistencia y el trabajo se imponen como única salida, una salida de paz. Es un reto muy grande —declara Alejandro— Este lugar está marcado por el asentamiento de personas desplazadas que llegaron aquí producto de la violencia. La falta de oportunidades, la delincuencia y el olvido estatal han dificultado la situación. Nunca nos han preguntado si queremos que aquí se construya una avenida, sino que nos avisan que se va a construir y eso está mal porque es el territorio que yo habito, en donde está mi familia, mi gente, donde paso la mayor parte de mi tiempo y conozco a mis amigos, donde me conecto con un humedal que ha sido históricamente olvidado y estos diálogos con la comunidad van a generar en nosotros tejidos de paz. De lo micro pasar a lo macro, no podemos hablar de un país en paz cuando en la localidad de Engativá están asesinando un ecosistema tan importante, pasándole cemento por encima. Entonces: ¿qué entendemos por paz? La paz no es llenar esto de cemento, sino respetar el ecosistema y la comunidad, ahí empieza la paz.

A pesar de que muchas familias del sector se han unido al proyecto, muchos residentes de la localidad no están de acuerdo con las huertas, pues consideran que este espacio es una forma de expropiación del territorio e incluso fortalecimiento del comunismo, llegando a destruir las cercas de las hortalizas junto con otros atropellos al espacio y a las mismas personas que participan en aquel sueño llamado Tierra del Sol, que termina llamándose Engativá, Bogotá, Colombia y ojalá más. —Cuando vamos en distintas direcciones sin tener algo en común que nos impulse como comunidad no se hace nada, pero cuando estamos concentrados en un objetivo, en este caso, con la defensa del Tibabuyes y la comunidad dice: somos muy diferentes, pero ¿qué tal si juntamos esas diferencias y defendemos algo que es nuestro? Cuando pasan estas cosas es cuando el territorio empieza a tomar sentido, la palabra y el sentir por lo que habito. Finalmente esto es un pacto de paz con el territorio y con nosotros mismos— finaliza Alejandro, mientras saluda a su amigo Juan Pablo, el joven que inició el proyecto y que acaba de llegar con un overol azul, listo para iniciar su jornada dominguera en la huerta. Para ese joven, ese domingo, así como el primer día en que con sus manos inició el proyecto, son días en que se fortalece una forma pacífica de revolución. —Si el Estado se apropia del humedal y lo destruye, nosotros con la huerta vamos es a construir—manifiesta Juan Pablo, quitándose los guantes que lleva para labrar la tierra. 

Aunque durante la etapa primera de la huerta Juan Pablo no sabía nada de agroecología o huertas urbanas, la voluntad de empezar a transformar el territorio y la comunidad fueron más fuertes que el desconocimiento que, poco a poco, con la integración de más personas se fue diluyendo y dejó de ser un problema para Tierra del Sol. Esta huerta fue un modelo réplica de otra llamada Resiliencia, que surgió precisamente como protesta en contra de la construcción en el humedal. —Yo tenía la idea de hacer una huerta en este espacio, porque este sitio siempre ha sido de consumo de estupefacientes, tráfico, habitantes de calle, robos, asaltos, estragos, y mucha inseguridad, entonces de eso también trata la huerta, de recuperar espacios muertos que han sido desaprovechados por el Estado y por nosotros mismos— narra Juan Pablo, mientras siguen sonando canciones llaneras, se escucha el zig zag de las tijeras podando el césped y se ve el subir y bajar de una pala que abre un agujero en la tierra, para echar semillas. 

Sembrar memoria 

Las redes de huertas son lugares de resistencia, son el grito de un pueblo exigiendo que sus voces sean tenidas en cuenta, son el reconocimiento del territorio y la defensa de los derechos ambientales y sociales. El reencuentro con la tierra, es volver a conectarse con lo ancestral, con los antepasados que entendían que somos uno con la naturaleza y con el otro. Crecer en una sociedad de violencia e indiferencia, que destruye sin comprender el ciclo natural de la tierra y sin observar el ser que tengo a mi lado. Tibaguya, no es solo sembrar tierra, es desnudarse, desprenderse de lo que ha sido impuesto, es hacer vibrar una idea que crece con fuerza dentro del corazón de una comunidad y elevar un grito de protesta contra las injusticias y la violencia. Sobre los muros que rodean la huerta hay un mensaje que lanza un aullido con fuerza que dice: Por nuestros muertos ni un minuto de silencio. 

Crónica escrita por: Laura Ruiz & Leonardo Montes Villegas

*Agradecimiento especial a la Huerta Tibaguya, a la Huerta Tierra del Sol, a la Red de Huertas y a la comunidad.

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Laura Ruiz

Laura Ruiz

Comunicadora social y periodista. Siento la fuerza que reverdece por cada fibra de mi piel en busca de una sociedad más justa. Creo en el poder transformador de la música, el arte y las palabras.

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