Los seres humanos siempre han tenido un vínculo con las plantas, desde el momento en que empezaron a cazar y recolectar para su supervivencia aprendieron a escoger y reconocer las distintas semillas y hortalizas, y así las fueron clasificando en plantas alimenticias, medicinales, o para darle otros usos en ceremonias y rituales. Incluso en algunas sociedades cazadoras recolectoras contemporáneas se han empezado a construir huertas silvestres. Sin embargo, con el crecimiento de las ciudades, las industrias y en medio de un sistema consumista, esa relación con la tierra parece cada vez más lejana y ajena. 

Puedes leer este artículo junto con esta canción llamada Tierra, tan sólo-Marta Gómez

En nuestra sociedad actual muchas de las decisiones políticas; las presiones de un sistema económico capitalista; el afán desbordado de distintas multinacionales; junto con el consumo excesivo e inconsciente de algunos ciudadanos han causado un fuerte impacto en el medio ambiente y en las comunidades. Cada día crece la deforestación, las alteraciones en el cambio climático, la acumulación de desechos tóxicos, la extinción de diversas especies, la contaminación del agua y el aire, la degradación del suelo y distintos fenómenos que han afectado el ciclo natural de la tierra. Además de esto, muchos líderes y defensores de derechos ambientales son amenazados y asesinados cada día en América Latina por proteger las voces de sus comunidades en contra de las políticas y las multinacionales que quieren acabar con sus territorios. 

Contradicciones de la desigualdad social 

Hoy en día habitamos en una sociedad llena de contradicciones y desigualdades, en donde existe una crisis alimentaria a nivel global. Estas contrariedades se ven reflejados en la manera en que, en algunos países, se ha extendido la agricultura intensiva, y diariamente se producen toneladas de alimentos a nivel mundial y, aún así, existen lugares donde las personas mueren de hambre. Se estima que de los 11 millones de niños que mueren al año, la mitad de ellos tiene  relación con la desnutrición. Es paradójico que 1 de cada 8 personas no sabe si logrará conseguir su próximo alimento, cuando en el planeta se produce más de lo necesario para alimentar a toda la población humana. Está claro que existe una desigualdad en la distribución de los alimentos, donde se desperdicia aproximadamente un 40% de la comida que se produce a diario en el mundo y millones de personas sufren de sobrepeso y obesidad por comer más de lo necesario. Esto refleja que es necesario realizar un cambio en los patrones alimentarios en el que existe un aumento en la disponibilidad de productos industrializados que tienen un alto contenido en azúcar, grasa y sal; y es cada vez más difícil conseguir alimentos frescos y naturales. También es importante reflexionar sobre esa agricultura industrial e intensiva que ha extinguido dos tercios de la agrobiodiversidad mundial; ha eliminado el 75% de las abejas a causa del uso inconsciente de pesticidas; y tiene distintas consecuencias negativas  como la emisión de gases de efecto invernadero, la degradación de los suelos y la contaminación del agua. 

Alternativas de vida sostenibles  

Desde hace algún tiempo, muchas comunidades de distintos lugares se han organizado para reencontrarse con la tierra y los saberes ancestrales en busca de alternativas de vida autosostenibles y mucho más amigables con el medio ambiente. El cultivo de las huertas urbanas se ha convertido en una oportunidad de vida para muchas comunidades que creen que es posible transformar con pequeños actos. Muchas personas entienden el concepto de huerta como aquel lugar que extiende el habitar más allá de la casa, pero aún así permanece cerca a ella. 

Una huerta representa la construcción de una comunidad que une sus fuerzas y su trabajo para defender la vida, allí se integran distintos conocimientos ancestrales y tradicionales, y se siembra el recuerdo y la memoria de cómo lo hacían nuestros antepasados. Es a través del tejido de la palabra como se va produciendo un espacio de conservación y soberanía alimentaria entre los integrantes de esa colectividad. Este tipo de propuestas constituyen un pequeño sistema socioecológico, que cumplen un papel fundamental para la conservación y defensa de la biodiversidad. Cada una de las huertas tiene su propia singularidad dependiendo del territorio y la región en la que se encuentre, y lo que es posible cultivar y tejer desde allí. 

Las huertas también son espacios para sembrar desde lo femenino, para empezar a cuestionarse sobre los desbalances de poder que existen en la sociedad, puesto que son las mujeres las que se han encargado de múltiples maneras de levantar la agricultura familiar, de domesticar plantas, y cuidar las semillas, seleccionar las plantas medicinales y aromáticas y nutrir a sus familias. En este sentido, las huertas son el lugar para discutir y replantear la “masculinidad”, y empezar a visibilizar y valorar el trabajo de las mujeres campesinas, y comprender que es posible construir nuevas relaciones que tengan en cuenta la diversidad de voces. 

Soberanía alimentaria

La soberanía alimentaria se trata del poder que tiene cada una de las comunidades para decidir sobre la producción y el sostenimiento de sus propios alimentos; es la manera de estrechar lazos con los productores y agricultores locales; el derecho de defender el territorio; y la resistencia por la conservación de la memoria, las tradiciones ancestrales y la biodiversidad. Cada día existen distintos movimientos sociales, indígenas, campesinos y ambientales que se están articulando para poder defender, construir y fortalecer estos procesos y alternativas de vida como una manera de transformación hacia una agricultura más equitativa, justa, sostenible y resiliente. 

Es posible cultivar huertas en distintos espacios de la ciudad, desde los barrios, las escuelas, las universidades y lugares que son gestionados por grupos de personas autoorganizadas. La construcción de las huertas trasciende la dimensión de la alimentación, para convertirse en verdaderos espacios de resistencia en contra de un proceso de homogeneización cultural, agrícola y alimentaria, y de un sistema económico y social basado en la individualidad, la sobreproducción, el consumo y el afán de progreso.

A pesar de las contradicciones y las desigualdades que existen en nuestra sociedad, aún hay personas que creen que es posible construir una realidad distinta, en la que la vida valga más que los intereses de poder y dinero; en donde sea posible sembrar comunidades, escuchar y sentir el sufrimiento del otro o la otra; defender los derechos y la dignidad de todos y todas; y luchar por causas justas que nos unan como colectividad. 

El bienestar y la resiliencia que aportan las huertas 

En muchas comunidades indígenas se trabaja el concepto del Buen Vivir, de pensar la manera en que habitamos y coexistimos con la tierra y la naturaleza, en cómo resguardamos la memoria y nuestros saberes ancestrales, y cómo construimos comunidad y nos relacionamos con los otros. Se trata de pensar y reflexionar que es posible vivir de otra manera, para poder intercambiar conocimientos y saberes, para sentarnos a escuchar, y sentir lo que ocurre en nuestro presente. 

Durante muchos años, crecimos en una sociedad que nos enseñó que había solo una manera de pensar, de sentir y de pensar, y creímos que había una única historia. Vivimos pensando que la vida se trataba de llegar a una meta, y que el tiempo se vive de una manera lineal, intentamos anular nuestro sentir, desprendernos del dolor, como si no hiciese parte de la vida. Desconocemos los ciclos naturales de la tierra, y hemos olvidado de dónde venimos y cuáles son nuestras raíces, y en medio de ese afán nos olvidamos de escuchar y sentir este instante que es la vida. 

Volver a encontrarse con la tierra y conectarse con este intercambio de saberes, es la oportunidad de reflexionar sobre otras alternativas de vida. La relación con las huertas puede tener muchos beneficios en la salud física y emocional de las personas, y mejorar su calidad de vida. Esta es una manera de establecer una conexión con la vida, con la naturaleza, y con la comunidad; y así contribuir en el bienestar y en la salud integral de la población. El cultivo se considera como una forma de resiliencia local, ya que ayuda a enfrentar la crisis alimentaria, sirve para el fortalecimiento comunitario, es posible redescubrir prácticas de solidaridad, se tiene acceso a alimentos de calidad, y sirve como espacios terapéuticos para una vida mejor. 

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Laura Ruiz

Laura Ruiz

Comunicadora social y periodista. Siento la fuerza que reverdece por cada fibra de mi piel en busca de una sociedad más justa. Creo en el poder transformador de la música, el arte y las palabras.

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