Por: Daniel Pedraza Rojas.

La última vez que voté y votaré en mi vida, es de la que más me arrepiento. La sospecha muy fundada y cada vez más cerca de ser confirmada, si nos atenemos a lo oficial, de que la mafia narco-política dirigida por Álvaro Uribe llegaría de nuevo al poder utilizando como palanca el fraude electoral y la compra de votos, condicionó negativamente mi primer ejercicio democrático presidencial, hasta el punto de convencerme que debía depositar dos veces la boleta en favor del proyecto irrealizable de Gustavo Petro, en las elecciones de 2018. Petro, no me cabe duda, es un tipo muy inteligente y gran orador, pero desgraciadamente hambriento de poder y reconocimiento, y además padece un fuerte delirio mesiánico. Tan seguro estoy que le urge visceralmente el poder, que lo visualizo perfectamente teniendo largas sesiones de onanismo mientras escucha sus propios discursos, y fantasea con su triunfal entrada a la casa de Nariño. En ese momento frustrante, cuando me encontraba frente a la urna, me pregunté si realmente el ejercicio de un derecho debía sentirse así, como si al ejercerse de una manera u otra fuera más o menos legítimo según la instrumentalización política que se haga de él. Luego vino el linchamiento público a quienes votaron en blanco. ¿No se supone que los derechos los ejercemos como se nos da la gana?, no quiero volver a ser parte de esto.

Definitivamente, me sentí coaccionado a votar por Petro. Mi candidato era, indiscutiblemente, Humberto De La Calle en la primera vuelta, y muy seguramente tendría que ser Petro en la segunda, o la abstención, que nunca debí abandonar. De La Calle ha perdido recientemente a su esposa, quien lo acompañó en sus convicciones hasta el final, tuvo que asumir una gran deuda bancaria a titulo personal para ayudar a financiar su fracasada campaña, y tuvo que enfrentar la posibilidad de tener que devolver el anticipo que le dio el estado por no haber podido alcanzar el umbral para la reposición de votos. Así le pagan sus compatriotas al constituyente el haber tenido la valentía de sentarse con los miserables asesinos de las FARC a negociar su desarme, y participar en la elaboración de uno de los acuerdos de paz más importantes en América latina. Este evento histórico, el más destacado en los últimos 50 años en Colombia, sin duda ameritaba la participación con el “sí” en el plebiscito que se inventó Santos para refrendarlo, aunque fuese una vergonzosa derrota. Aquella vez me abstuve, y me arrepiento. Cambiaría mil boletas a favor de Petro por una sola a favor del sí en el plebiscito. Con esto no quiero decir que sería capaz de mercadear con votos o algo así.

En verdad llegué a creer que la democracia era el único camino, aunque ciertamente no se trataba de una devoción demócrata, era más bien, un asunto pragmático. Creía que utilizarla como medio, me refiero a la democracia representativa, podría ser eficaz, y que en ese sentido, sufragar, con todo el asco que en el fondo sentía, era una acto responsable. Para Platón y para Hobbes, e incluso para Montesquieu, la democracia es sólo un sistema más. Todos coinciden en que un pueblo escoge el que mejor se ajuste a sus necesidades y su carácter, puede ser una monarquía o una aristocracia, o cualquier otro. Es decir, per se, salvo para Platón, que consideraba a la democracia un sistema profundamente corrupto, no hay un sistema perfecto para todos los pueblos. ¿Por qué insistir entonces en la tesis burguesa de que la democracia representativa moderna es la que mejor encarna los más altos valores del espíritu humano?

La democracia republicana burguesa, es un sistema que permite a las élites garantizar la paz política, o mejor, la pacificación política, arbitrando entre sus intereses y los del resto. En el hecho, las élites utilizan la demagogia, la manipulación, el lobby, el tráfico de influencias, la compra-venta de votos y fallos judiciales, y por supuesto, su favorita, la violencia institucionalizada, para inclinar la balanza siempre a favor de los suyos. La fácil corruptibilidad de éste sistema es el asidero perfecto para que los intereses e ideales capitalistas o socialistas puedan realizarse a plenitud, dependiendo de la casta burocrática que tenga la sartén por el mango en determinado período, y la razón más importante por la que desde hace más de dos siglos se busca universalizarlo. Es por eso que a todos los políticos les cabe en la boca la palabra democracia. Las instituciones y los procedimientos democráticos legitiman simbólicamente los preceptos de las mayorías, que suelen coincidir con los de las élites, mientras el pueblo, confiando en lo que sus autoridades republicanas dicen representar, se convence que participa en la toma de decisiones. Toda esta entelequia, de alguna forma le es más digerible que acatar las disposiciones de un consejo o un monarca. Estoy seguro que no quiero tener absolutamente nada que ver con esto. La democracia es a la paz política lo que la cuarentena a la pandemia, la cadena perpetua a la pederastia, y la policía al delito: una solución quizás efectiva al plazo inmediato, pero cuestionable a largo plazo, y que termina siendo arcaica, injusta, y mediocre.

El escritor y filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila fue y sigue siendo una gran influencia en mi pensamiento anti-democrático. Pero no sólo aprecio su lúcida crítica a la democracia burguesa, y a la burguesía en general, sino también la que hace a los valores modernos, a los postulados de la ilustración, a la ciencia, al progresismo, al socialismo y al comunismo, su defensa incansable del individuo, y por supuesto sus implacables aforismos que en cuestión de segundos me dejaban catatónico. Brillante sin duda. No obstante, este viejo sabroso tenía un problema, además de su aberrante machismo y de su fascismo de clóset: era un católico de pura cepa. Como Descartes, escribió que lo único de lo que nunca dudaría, sería de la existencia de Dios. Ambos prometieron construir sistemas filosóficos racionales y ser escépticos con todo precepto, con toda aserción, todo prejuicio y concepto, excepto el más irracional de todos: el de un ser que es absoluto en todas sus características y que no puede parar de contradecirse a si mismo.

Y no es que el ateísmo sea una postura muy racional, porque no lo es. No tenemos evidencia alguna de que no hay un titiritero trans-dimensional motivando secretamente nuestros actos, haciendo toda suerte de maromas para que no sepamos que él está detrás de las cosas, y que a cambio de mover los hilos a nuestro favor sólo exige fe, respeto a la autoridad religiosa de turno, y por supuesto, que garanticemos la liquidez de esta autoridad y su institución, ya que a pesar de tratarse de un proyecto divino en la tierra, tiende a generar muchos costos. Salvo impuestos, claro. El hecho es que como apuntaría Nietzsche, no lo vemos ni en la historia, ni en la naturaleza, ni en los hechos, y sobre todo, no lo vemos en otras personas, por el contrario, vemos diáfana su vergonzante ausencia. Si bien es cierto que lo propio sea que quien afirma la existencia de algo es quien debe ofrecer la evidencia, al no poder nosotros demostrar que no hay un ser con infinitos caracteres absolutos a través de la lógica, ya que por cada contradicción, otra propiedad absoluta del dios genera siempre un argumento ad hoc, la postura racional es el agnosticismo, no el ateísmo. En todo caso, tampoco pienso rendirle culto a la razón.

Siempre que alguien me dice que la prueba del dios es su creación, y sobre todo, la más perfecta y la que tiene tutela de cuidar de su obra, el ser humano, yo me quiero cagar de la risa. Al recordarlos miro a mi gato y pienso: “Si hay tal cosa como una creación perfecta seguro eres tú, Pandú. Tú, que te puedes lamer tus genitales y ano sin pudor, saltar hasta tres veces o más tu largo, correr a una velocidad impresionante, escalar, rasgar, morder, dormir y relajarte a tu gusto. Tú, que eres hermoso y no sólo no lo sabes, sino que no te importa.” No me importa, ese es el punto, si existe o no un dios. Mi ateísmo consiste en vivir asumiendo que no hay ninguno. Ni en mis actos, ni en mis palabras, ni en mis decisiones, ni en mis sentimientos, hay implícito un dios. De esa manera, si llega a haber alguno, debo dejarle claro que me parece un incompetente en la administración de éste universo, sobre todo en lo referente al ser humano, y que no hago parte de su rebaño sino de la disidencia espiritual. Y si no hay ninguno, no quiero desperdiciar mis días pensando si en cada paso que doy he ofendido o no a un viejo moralista, imaginario, que me vigila todo el tiempo.

¿Y es que cómo voy a aceptar, por ejemplo, asumiendo que el dios que existe sea el de los cristianos, que se tenga que adorar como a un padre a este sujeto misógino, que desprecia a las mujeres, su propia creación, que las llama sucias por menstruar, que llama a apedrearlas si quieren follar con alguien que no sea el miserable que las compró a su familia, como ganado, y que a pesar de crearlas con esa increíble y compleja sexualidad, les quiere prohibir su goce y mantenerlas castas, como un psicópata controlador? Es tanto su desprecio a las mujeres, que no fue capaz de hacerle el amor a María para concebir su propio hijo, tuvo que mantenerla inmaculada, privada del goce del amor que engendra la vida. Jehová sin duda no está capacitado para ser padre, le vendría bien una vasectomía celestial.

No hay lío mi querido omni-contradiciente, es muy sencilla. Simplemente se aplica anestesia local en el área testicular, y una vez hace efecto, se realiza una pequeña incisión en el escroto. Desde ésta abertura se hala el conducto deferente, esta es la parte que duele, porque puede sentirse que halan de lo más profundo de las entrañas, o incluso desde el tórax, aunque esto tal vez sea sólo el vacío de pensar que nuestras vergüenzas están siendo vulneradas en su más profunda hombría. Luego, el conducto deferente es diseccionado y sellado bien sea con sutura o goma quirúrgica para impedir que el esperma salga de los testículos. El semen seguirá siendo semen, tendrá la misma textura y el mismo sabor a gloria divina, sólo que no transportará espermatozoides. Balas de salva, en otras palabras.

En mi caso, luego de esto vino lo que llamo el confesionario de los esterilizados. A mi y otra docena de antiguos fértiles corceles nos ubicaron en unas cómodas sillas dispuestas en mesa redonda, sólo vistiendo nuestras nobles batas durante una hora, para verificar que el procedimiento no generó ninguna complicación. Allí, yo era la joven promesa, tenía sólo 25 añitos, razón por la que fui el primero en ser interrogado. Ver la expresión de sus rostros al contestarles sobre la cantidad de hijos que tenía, no tuvo precio: ninguno. Cuando llegó la hora de partir, no sin antes escuchar sus historias y chistes sobre “deshuevados”, y así tal cual, como si me hubiesen extirpado los huevos, me levanté difícilmente, me vestí, y caminé a ritmo de pingüino hacia la sala donde me esperaba un parcero. Al verme, inmediatamente soltó una carcajada estruendosa llamando la atención de todos los presentes, mientras yo en medio de mis tristes pasos me esforzaba por sostener la dignidad con toda la fuerza que tenía, pero tratando que mi escroto no se abriera, dejando ahí si descubiertas todas mis vergüenzas.

“Todo sea por evitar que estos genes maltrechos sigan replicándose”, me dije.

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