Entonces se acercaban las diez de la mañana, mientras el calor se posaba sobre una calle ajetreada y tumultuosa. Personas de la comunidad se acercaban desde distintas zonas de la localidad para rodear el antiguo CAI de la Gaitana en Suba, el cual había sido incendiado durante las protestas contra la violencia y el abuso policial, desde el miércoles 9 de septiembre. Tras el incendio, aún quedaban las ruinas resquebrajadas de la construcción, las paredes agrietadas de cemento, carteles arrancados y graffitis que gritaban: “Ni un muerto más”. Cada mensaje escrito sobre los muros era un acto de protesta contra la violencia,  un aullido de resistencia exigiendo justicia y memoria. En medio de la multitud, un joven sostenía la bandera de Colombia que se iba agitando con el viento, mientras llegaban algunas personas con curiosidad, y otras con indignación. 

La mañana del viernes 11 de septiembre, algunos colectivos se unieron para transformar este lugar en una biblioteca popular y manifestarse desde el arte para construir un espacio de memoria. Sin embargo, al siguiente día, integrantes de la fuerza pública se tomaron la biblioteca, que había sido construida por la comunidad en memoria de las víctimas, y borraron el rostro de Yulieth Ramirez, joven que fue víctima de una bala perdida durante las protestas. Al borrar los nombres de las víctimas, y pintar el espacio de gris, la comunidad se sintió nuevamente violentada, lo que causó una confrontación entre las organizaciones sociales, los habitantes de la comunidad y la policía. 

Todo fue a raíz de los asesinatos por parte de la policía el 9 de septiembre— Cuenta Laura Peña, mientras los habitantes empiezan a pintar el mural de blanco a nuestro alrededor— Nos dimos cuenta de que varios CAIs de la ciudad habían sido incendiados, y sabemos que este lugar se ha convertido en uno de los espacio más denunciados por tortura y violación a los derechos humanos. Por esa razón, no queríamos que esto volviera a pasar, así que junto con distintos colectivos y organizaciones sociales que trabajamos en Suba en defensa de los derechos humanos, queríamos transformar este escenario de violencia en un espacio de paz y memoria. 

Laura es una mujer joven con voz de líder, su mirada es profunda y sensible, y su presencia fuerte frente a las injusticias. Ella pertenece al colectivo Suba Nativa y a la Biblioteca Comunitaria El Fuerte del Viejo Topo. El encuentro comenzó el domingo sobre las 11:00 de la mañana para reconstruir el mural que había sido destruido, luego de entablar un diálogo con todos los integrantes del conflicto para proponer un acuerdo social. A nuestro alrededor se encuentran tres jóvenes, con mirada firme,  sosteniendo un cartel de tela roja y letras blancas pintadas que dice: “Los que piden la guerra no van a recibir las balas”. 

Mientras tanto Laura cuenta que desde hace tres años la biblioteca comunitaria trabaja junto con otros colectivos, para poder hacer un proceso de acción colectiva en el barrio. Mediante estos proyectos se busca que la comunidad pueda reconocer y apropiarse del territorio;  defender la educación y el medio ambiente, y trabajar junto con adultos mayores, jóvenes y niños. El sentido de poder transformar un CAI en una biblioteca popular, representa un acto simbólico para defender la vida y los derechos humanos. 

La representación simbólica de una biblioteca es un espacio donde se construye conocimiento y en el que podemos conocernos como comunidad—dice Laura con energía mientras observa el mural que está siendo pintado—. Este lugar representa la sensibilización, el reconocimiento del territorio y el fortalecimiento de los procesos colectivos de la comunidad. Lo que queremos es crear un espacio de reafirmación de los derechos humanos y de la vida ambiental. 

Entre los distintos habitantes de la comunidad, algunos traen cajas de madera con pinturas de colores, pinceles, agua y vasos plásticos para mezclar los colores. Las cerdas de la brocha se sumergen en un tarro de pintura blanca, y tras la primera pincelada se empieza a limpiar el mural, se borran los mensajes de odio, y aquella pared gris, empieza a tomar un color de cambio. Las manos de la comunidad se unen para arremangarse la ropa,  tomar una brocha de pintura y darle otro tinte a la violencia. 

Creo que lo que está ocurriendo acá es un momento esperanzador — dice Laura con fuerza mientras habla sobre el acto de resistencia del mural—. El hecho de que nosotros hayamos pintado este mural y que lo hayan destruido, es un intento de borrar la memoria. Pero al volver a tomarnos este espacio, es una manifestación de constancia y resistencia por parte de la comunidad. A través de este acto estamos exigiendo cambios, pero,  además, el arte es una manera de reparar el dolor. Sabemos que no va a revivir Yulieth, ni tampoco los tres chicos que asesinaron en Suba, o las personas que han sido asesinadas en las masacres; pero si no se pinta, si no se escribe, si no se recuerda, si no se menciona, queda en el olvido. 

De repente, los líderes de los colectivos, junto con la comunidad, empiezan a desempacar los libros y los dejan sobre la parte de enfrente, con una flor de color rojo. En la parte de atrás las personas han dejado sus bicicletas para poder acompañar el día cultural. Algunas jóvenes ayudan a niñas pequeñas a pintar la pared de blanco, mientras otras personas empiezan a encender una hoguera con palos y tablas para cocinar un caldo comunitario. Se comienza a repartir pequeños libros sobre la historia del pensamiento y del cine para que la gente pueda leer mientras acompañan el encuentro. 

Hoy nos reunimos nuevamente con toda la comunidad, para que  nos acompañen en este día de paz y reconciliación— dice Andrea Blanco, mientras sostiene un micrófono invitando a los vecinos a que se acerquen y se apropien del espacio cultural. 

Sobre las 12 del mediodía, el sol se posa con fuerza sobre la tierra de Suba. Andrea es una mujer de piel morena y cabello negro, quien se desempeña como gestora cultural de la localidad y es miembro de la mesa de artes plásticas y visuales, y también hace parte de la mesa de circo. En este día, Andrea se ha encargado de organizar los espacios culturales y de pedirle a las personas que reconozcan su territorio y se apropien del escenario de las artes para defender los derechos humanos. 

Nosotros estamos aquí desde el viernes, tomándonos este espacio, que fue un escenario de vulneración de Derechos Humanos, para poder resignificarlo en un lugar de cultura— expresa Andrea, mientras la música envuelve el lugar—Queríamos hacer una biblioteca popular en memoria a Yulieth Ramirez, que fue la compañera que estaba transitando por acá cuando perdió la vida a causa de una bala perdida en manos de la fuerza policial. 

Sobre la calle transitada, cerca de unos árboles, se encuentra una agrupación de jóvenes haciendo malabares. Entre tanto se desprende el humo de la olla burbujeante, mientras los habitantes pelan papas y vegetales para compartir con la comunidad un caldo cocinado para sanar las heridas de la violencia. 

La paz y la memoria se hace mediante la educación. Nosotros no somos vándalos, no somos terroristas; somos artistas, docentes y gestores, que tenemos claro que el cambio en este país se hace en manos de los jóvenes con cultura, con libertad de pensamiento, con arte y educación—manifiesta Andrea para denunciar la estigmatización que sufren los líderes y defensores de derechos humanos. 

Fredy Mahecha, Yulieth Ramírez, German Smith Puentes, Angie Paola Baquero y María del Carmen Viuche; son los nombres de las personas víctimas que fueron asesinadas el 9 de septiembre. Su historia quedó ilustrada sobre el mural de la memoria, en este acto simbólico en defensa de la vida, la paz y los derechos sociales. 

Fotografía tomada por Isco Graff

Este acto nace de la necesidad de expresar nuestra inconformidad y rechazo al abuso policial, frente a toda la sangre que se viene derramando históricamente en nuestro país— protesta León, con mirada fuerte e indignación frente a la violencia—. Nace de la necesidad de gritar al mundo entero de que no somos terroristas, no somos guerrilleros, no somos vándalos. Somos artistas, profesores, investigadores, padres, hermanos e hijos. Y como seres sensibles que habitamos en esta localidad, estamos demostrando acá, que también se puede hacer una revolución y  una resistencia simbólica desde el arte, y la cultura; desde el hecho de entendernos en las diferencias.

León es un líder social y artista comunitario de la localidad de Suba, mientras habla su mirada se expresa y en ella transmite fuerza, pero también indignación y dolor sobre esta tierra desmemoriada. 

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La resistencia simbólica de este espacio para la cultura es la vida en todas sus diversidades— se pronuncia León sobre la resistencia sobre la violencia— defenderla, trabajarla, entenderla, y sobre todo seguir trabajando por un mejor país donde no nos maten por hacer, por pensar diferente, por se afro, por ser indígena, por ser campesino, por ser líder social, defensor ambiental y defensor de la tierra.  Sino que entendamos que somos muy importantes para el cambio de este país, y que los poderosos, o los que ostentan el poder, entiendan que nosotros los líderes y las lideresas sociales somos parte importante y significativa del cambio que necesita este país.  Que estamos cansados de más de 50 años de guerra, de terror, de persecución, de tortura, de desplazamiento, porque somos un país muy rico y la corrupción nos tiene jodidos, pero más que la corrupción, la indeferencia. 

Sobre un mural blanco, se trazaron los  nombres de aquellas personas que fueron víctimas de la violencia. Un lápiz, un pincel, una palabra, puede dibujar el rostro de una memoria. Un CAI fue incendiado con violencia, y una biblioteca popular fue construida con amor, para sembrar un sueño de transformación. “Por las víctimas del 9S, por la memoria, por la vida”.

La noche del jueves 9 de septiembre, estalló la ira de un pueblo agotado de ser ignorado en medio de la violencia; en un país indiferente y desmemoriado. Pero, hay quienes luchan y resisten por transformar este escenario de violencia; en un lugar donde sea posible soñar, sentir y pensar diferente. Eduardo Galeano alguna vez creyó que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, podían transformar el mundo. Muchos artistas creyeron en la fuerza de su voz, para hacer memoria y no repetir un círculo de violencia incesable. 

Creer que a través del arte es posible sembrar una semilla de transformación, empezar a construir comunidad y educación popular, saber que más allá de vivir con miedo, vinimos para soñar y generar pequeños cambios. En un lugar donde nos enseñaron a odiar, nos dividieron y nos hicieron ajenos al otro; hoy podemos recoger los escombros de la guerra, reparar los fragmentos de la memoria, escuchar y comprender que no somos tan lejanos unos de otros. Las manos de un campesino, un afro, un indigena, un líder, una mujer, un anciano y un artista, guardan sabiduría para sembrar la tierra y reconciliarnos como comunidad. 

Biblioteca popular

La tarde se iba despidiendo sobre las cinco, cuando el rostro de Yulieth Ramírez renació de las sombras, esta vez para quedarse y guardar la memoria de un territorio, para recordarnos la historia de una vida que se la llevó la violencia y con ella, un sueño, un pálido recuerdo, una sensación, y la ilusión de crecer en un país que no silencie nuestras voces. 

*Nota: algunos nombres fueron cambiados para proteger la identidad de los líderes.

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Laura Ruiz

Laura Ruiz

Comunicadora social y periodista. Siento la fuerza que reverdece por cada fibra de mi piel en busca de una sociedad más justa. Creo en el poder transformador de la música, el arte y las palabras.

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