Desalojar un asentamiento humano, genera por sí misma una grave problemática social. Pero si el mismo está enmarcado dentro de una situación como la actual pandemia, refleja lo indolente que puede llegar a ser la sociedad y el estado. A los ya conocidos desalojos (o intentos de) que ocurrieron en 2020 en medio de las cuarentenas, ahora se suma la intención de desalojar a los habitantes de la vereda Los Cerezos. El libreto se repite, y pareciese que el distrito no ha ganado nada de compasión luego de lo ocurrido en otros sectores de la ciudad.

Una montaña, cuatro generaciones

Don Ramón habla con Don Enrique en el chorro de Padilla, mientras en el fondo se escucha el río San Francisco. Los dos son de aquellas personas que se asentaron en unos predios en las faldas del cerro de Monserrate hace más de cincuenta años. Han críado hijos y nietos, en medio del frío bogotano y viendo pasar la historia de la ciudad desde este “balcón” arriba del centro de la ciudad. Del grupo original pocos sobreviven, y las viviendas de los que han muerto han pasado a manos de sus hijos o en ausencia de estos, han sido demolidas por la misma comunidad.

La comunidad de la vereda Los Cerezos reúne cuatro generaciones de personas que han aprendido a vivir en armonía entre ellos y con el ecosistema que los rodea. Fotografía por Ronald Ernesto Cano Gutiérrez

Los primeros años del asentamiento no fueron problemáticos, pero durante los años noventa comenzaron los líos legales y las amenazas de desalojamiento. Paola Tovar, tiene dentro de sus recuerdo infantiles, un episodio en el cual la policía custodiaba a las personas que venían a sacarla de su casa junto a su madre y sus hermanos. Ahora es su descendencia la que presencia una situación similar, en medio de una pandemia que parece no generar mayor empatía en las autoridades.

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Los habitantes viven en medio de la naturaleza con la cual han creado un vínculo particular. Junto con los árboles que crecen en las faldas del cerro, conviven eucaliptos y saucos sembrados por las distintas generaciones que habitan la vereda. Ellos mismos han cooperado no solo con el cuidado de la naturaleza, sino con algunas de las mejoras que el Acueducto ha implementado en el sector de la Casa del Molino.

Incluso Don Ramón, hizo parte del personal de la Casa del Molino (en la actualidad patrimonio histórico) por donde han desfilado distintas personalidades. Dicha casa se cae a pedazos de la mano del mismo desdén gubernamental que resuelve agresivamente la situación de los habitantes de Los Cerezos.

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Es también singular la forma en que se les ha venido tratando, empezando que su asentamiento no puede ser entendido sencillamente como una“invasión”, pues este nació hace más de sesenta años cuando los predios no pertenecían al Acueducto como tal, según el testimonio de los habitantes. Por otro lado la interación de la comunidad con el Acueducto no ha sido negativa, pues no solo han colaborado con la construcción de senderos, sino que cada casa demolida ha sido minuciosamente reportada al ente, al igual que estos han gestionado todos los permisos de tala de los árboles que por viejos representaban un riesgo para sus viviendas.

La ley es para los de ruana

Las peleas legales de los habitantes de Los Cerezos han sido extenuantes. Ya son treinta años de querellas, tutelas, y apelaciones. Pero como suele pasar en este país, la justicia es para los de ruana. Así que jueces desde un despacho emiten veredictos sin haber visitado alguna vez este singular lugar en medio del caos bogotano.

Adultos mayores, personas en condición de discapacidad y niños componen el grupo humano que el Distrito y el Acueducto pretenden desalojar del sector. Fotografía por Luisa Vélez.

Son múltiples las razones que aducen para querer desalojarlos. Algunas incluso de los anteriores “libretos” de los desalojos en esta ciudad. Riesgo de deslizamiento, invasión de predios, reserva natural, son de las razones conocidas y que contrastan con la situación del lugar y sus alrededores, estos últimos bastante descuidados por el distrito. A lo ya conocido, también han aducido explotación animal y deforestación. Razones cada vez más inverosímiles que generan un ambiente enrarecido sobre las verdaderas intenciones del desalojo.

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Vivienda digna

Las diferentes entidades estatales, han estado ausentes durante el tiempo que ha existido el asentamiento. Y ahora durante la pandemia, solo se han asomado a realizar el desalojo. Los niños han aprendido a hacer tareas desde el teléfono celular, debido a la virtualidad impuesta por la pandemia. Muchos de los habitantes que trabajan en la informalidad, no han recibido ningún tipo de ayudas para manejar la complicada situación derivada de las cuarentenas.

Diana, aún padeciendo el Guillain-Barre, tiene que levantarse como puede a ir a conseguir el dinero vendiendo bolsas de basura para alimentar a sus hijas. Aunque desde el gobierno pidan que se queden en sus casas, esta mujer tendrá que rodar en su silla de ruedas a buscar su sustento. Las auxilios no llegan, solo llega las autoridades a insultarlos y a decirles que aquello que llamaban casa no lo será más. Porque alguien más decidió que generan incomodidad en ese lugar, o estorban para algún proyecto urbanístico.

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