El pueblo tiende a ensalzar a aquellos gobernantes que saben encontrar un enemigo en un grupo migrante. Y más cuando prometen castigos, porque así como en el pasado el pueblo disfrutaba las ejecuciones públicas, hoy el pueblo aplaude cuando se dice que se harán cacerías de brujas contra algún sector que consideren inferior, en especial si es una cuestión de clases.

Diferentes pero iguales

Latinoamérica, es una mezcla de nativos americanos, europeos y africanos. Básicamente muchos latinos compartimos apellidos así como al menos un ancestro común así estemos registrados en distintos territorios. A pesar de esto, y que hablamos un mismo idioma, hemos sido perfectamente entrenados para odiarnos entre nosotros y defender a ultranza patriotismos y nacionalismos baratos.

La criminalidad en Colombia no tiene su raíz en la migración venezolana. Una gran inequidad ha sido caldo de cultivo para que el delito abunde en las ciudades colombianas. Ahora los venezolanos serán el perfecto chivo expiatorio para evadir la real solución.

Con tantas cosas en común, pensar en migrar dentro de Latinoamérica ya sea dentro o hacia afuera de los mismos países, es la cotidianidad de muchos de sus habitantes. Las complicadas situaciones políticas, sociales y económicas impulsa a miles de latinoamericanos a dejar sus hogares y buscar nuevas oportunidades en otros lugares. Pero no siempre somos bien acogidos, así las diferencias entre nosotros sean mínimas.

Siglo XX: Rumbo a Venezuela

En el pasado, los colombianos migramos masivamente a Venezuela, incluso en algún momento de la historia Venezuela era el segundo país con más colombianos, después de Colombia. La presencia colombiana no siempre fue bien vista, y no siempre los venezolanos recibieron con los brazos abiertos a los colombianos.

Lea también: Ni raja, ni presta el hacha

Aunque Venezuela fue un país que recibió miles de migrantes luego de las guerras mundiales, la presencia europea tuvo mejor acogida que la presencia colombiana. A pesar de esto, la sinergia colombo – venezolana fue parte fundamental del desarrollo de Venezuela.

Varias décadas después, es común encontrar miles de venezolanos con ancestros colombianos. Incluso suspicacias sobre el origen colombiano de algunos presidentes venezolanos. Además de esto, los ciudadanos en las ciudades fronterizas tienen doble nacionalidad y de cierta forma había armonía de la mano de un fluido comercio.

De la xenofobia a la aporofobia

Hace más de 20 años, la filósofa española Adela Cortina acuñó el término aporofobia. Es la unión de las raíces griegas, aporos que significa pobre y fobia que significa miedo. Esta aporofobia se ha vuelto una situación generalizada, en donde hay una aceptación de ciertos migrantes pero el rechazo a otros. Cortina explicaba su concepto, comparando como los europeos rechazan a los migrantes africanos, pero no a aquellos futbolistas africanos que iban a hacer goles para sus equipos de fútbol.

Lea también: El complejo retorno de los migrantes venezolanos

En Latinoamérica el fenómeno migratorio es ligeramente diferente al europeo. No existen diferencias étnicas marcadas, no hay barreras del lenguaje e incluso tampoco confrontaciones religiosas. A pesar de esto, un sistema fuertemente clasista hace que exista un fuerte rechazo a aquellas personas de clases inferiores que decidan llegar a las ciudades a buscar mejor futuro.

Esto aplica tanto para nacionales y extranjeros, pues incluso la aporofobia se da hacia las personas que llegan del campo a la ciudad, o de ciudades distintas a la capital del país. Teniendo en cuenta la realidad socioeconómica colombiana, básicamente son masivas oleadas de colombianos las que llegan desplazados por situaciones de violencia y que son fuertemente discriminados y rechazados por la sociedad, incluso cuando sean recibidos por colombianos igual de pobres.

Siglo XXI: Rumbo a Colombia

Durante los años del chavismo, la migración se invirtió y ahora es Colombia quien acoge miles y miles de venezolanos. Al principio los primeros grupos eran de clases medias y altas, y no eran directamente rechazados. Aunque de igual forma había un tufillo xenófobo en la forma de tratar a algunos, que escondía un miedo a la competencia profesional en un país con índices de desempleo superior al 9%.

Cabe anotar que parte de la migración estuvo impulsada por la derecha colombiana, que vio en los migrantes la forma de criticar al gobierno chavista de Nicolás Maduro. Además de apelar a una crisis humanitaria para poder intervenir dicho país junto con Estados Unidos.

Lea también: No me vendo a nadie

Cuando comenzaron a arribar grupos de venezolanos de clases populares, la xenofobia (o en especial la aporofobia) se incrementó, y de manera particular las mismas clases populares colombianas empezaron a posar de cierta superioridad. Muchos de estos venezolanos empezaron a laborar en la informalidad, a ejercer la mendicidad o la prostitución. Así aparecieron estereotipos discriminatorios y ofensivos, en algo que asemeja a un sistema de castas.

Lea también: Referendo en Chile: ¿Pasará algo similar en Colombia?

Esto último es bastante singular, porque incluso los ciudadanos colombianos carecen de respuestas a sus necesidades básicas y poco o nada hay de diferencia entre su precariedad y la de los venezolanos. Comparten la pobreza, el abandono, el idioma, y las creencias, pero asumen que la ciudadanía los hace superiores a los otros, aunque al final eso no represente mayores ventajas en la carrera por sobrevivir en un país desigual como este.

Populismo y castigo

Pareciese que aunque tengamos hambre y sed, disfrutamos que castiguen al otro. Además que exaltamos toda medida punitiva hacia el crimen más no medidas que ataquen realmente la raiz del mismo. Con migrantes o sin migrantes, las sociedades con una inequidad grande son un campo fértil para la criminalidad. Antes de los fenómenos migratorios, la inseguridad en Bogotá era alta. La pandemia exacerbó la crisis social que degeneró en un aumento de la criminalidad, pero los criminales no son solo migrantes sino también colombianos.

Lea también: La verdad de Mancuso

Ahora en vez de proceder a revisar y entender por qué aumentó la inseguridad, la respuesta contundente es salir a castigar a los migrantes con la deportación. Iniciando así una cacería de brujas que no necesariamente reducirá los índices de criminalidad, y que posiblemente terminará castigando a muchos inocentes. Además de exacerbar una xenofobia creciente, xenofobia ridícula cuando al final colombianos o venezolanos padecemos de los mismos males y odiar al otro no mejorará esa triste situación.

Claudia López, que se hizo a la alcaldía con discursos de inclusión y tolerancia, ahora muestra una faceta populista y autoritaria al proponer la deportación de venezolanos. Esto no soluciona el problema, pero si le proporciona la aceptación de aquellos sectores que ven en el autoritarismo la forma más efectiva de gobierno. Posiblemente deporten cientos de venezolanos, pero al final no solucionará el problema. Así como llenar las cárceles en Estados Unidos no ha acabado con el crimen, así la deportación simplemente ocultará el problema real.

Lea también: El mártir del Ubérrimo

Pero al final, somos un país que cree en esos métodos. Por eso abrazamos las políticas de seguridad, en vez de conscientemente pedir políticas sociales. Quizás creamos torpemente que ver más policía en las calles, y más venezolanos deportados, nos va a quitar el hambre.

Publicación anterior

Huertas comunitarias: Alternativas de vida sostenibles

Siguiente publicación

Plantón en justicia por Angela Ferro.

Ronald Ernesto Cano Gutiérrez

Ronald Ernesto Cano Gutiérrez

Cucuteño, desarrollador de software, activista, ciclista, cinéfilo y fotógrafo de calles, paisajes y luchas.